INICIO. LA CAJA. ©.®.





Título novela: Diario de Abordo. 
Género: Ciencia- Ficción.
Todos los derechos reservados. ©.®.
Cádiz. 2003.  Madrid. 2005. ©. ®.  

PRÓLOGO.
EXTRACTO DEL INICIO.  

LA CAJA. 

Siempre me fascinó el cielo con sus astros y constelaciones nocturnas. Cuando era muy niño me apasionaba observar las estrellas, la luna llena y tomar notas de todo lo que veía o me fascinaba. Como siempre fui poeta y escritor vocacional, desde muy temprana edad, me encantaba escribir historias de todo tipo y entre ellas de ciencia-ficción. Siempre tuve la plena certeza de que en algún lugar de nuestro vasto universo debía haber vida otras civilizaciones, no era posible que en un firmamento tan vasto e infinito estuviésemos solos. Así que leí todo lo que encontré sobre otros mundos, parapsicología, civilizaciones extraterrestres, libros de astronomía, etcétera. También me encantaban todos los programas de radio o de televisión que contaban experiencias UFO. Lo que nunca imaginé es lo que me ocurriría años después… 


Aquel día lo recuerdo, entre otras cosas, porque era mi cumpleaños y, solo hacía 24 horas que había ingresado a filas, es decir, al servicio militar obligatorio. 

La serranía de Córdoba, con toda su majestuosidad, fue lo primero que vi, el día de mis veinte años más viejo. La mañana era luminosa en extremo, en el almanaque, día de San Buenaventura y en la pequeña radio que me compré, sonaba “Lobo hombre en París”, corría el verano de 1984. 

No es mi intención contar mi experiencia militar, me remitiré a un hecho en concreto que me sucedió en aquel centro de instrucción de reclutas y que sin quererlo marcó mi vida intelectual para siempre.

La primera noche de estancia en el centro de instrucción sobre las once de la noche el corneta ya había tocado silencio. Las luces del barracón donde descansaba toda mi compañía se habían apagado y mi compañero de litera y yo comentábamos en voz baja las primeras impresiones de nuestro primer día de reclutas. Yo “ardía” en ganas de salir fuera a tomar el aire. Mi amigo, (del que solo recuerdo esta conversación) me animó a salir, a pesar del peligro que corríamos si alguien nos descubría seríamos carne de calabozo y eso ya iría en nuestro historial para toda el servicio militar y quedaría impreso de por vida en nuestra cartilla de valoraciones de los altos mandos. 

El canto de los grillos, las ranas clamando en sus charcas, una lechuza en su árbol con ojos atentos y algún que otro sonido por el matorral, nos hacían compañía. La noche era plácida. El cielo estrellado y una leve brisa, nos desconectó por momentos del tormento que producía el hecho, de estar allí, recluidos en contra de nuestra propia voluntad, dejando atrás, los estudios, el trabajo, la novia y la familia.

En mi paquete de Winston de contrabando, del que me aseguré un cartón antes de entrar allí, guardaba un cigarro de cannabis, que un recluta de Melilla me vendió a un alto precio. Lo encendí. Mi improvisado amigo, no puso mala cara, por lo que no vi motivos para apagarlo, de todas formas no lo hubiera hecho. Nuestra conversación anodina y dispar, desembocó, en si existirían otras civilizaciones allá en el espacio exterior, preguntas que alguna vez todos nos hacemos y, que en una noche de verano como aquella en plena serranía, se tornaban más interesantes e ineludibles. 

Le llamaremos a mi amigo Hernando. Hernando sacó un cigarro de cannabis y me invitó dar unas caladas a su pitillo de hachís, ambos, entramos en un pequeño debate, aquella magnífica noche del mes de julio sobre la supuesta vida en las estrellas. Le pregunté que cómo reaccionaría si de repente apareciera una aeronave extraterrestre y se posara delante de nuestras narices, sorprendentemente, Hernando se asustó, invitándome a cambiar de tema. De repente una explosión comprimida y una racha de viento desagradable nos puso la carne de "gallina". Nos miramos, el miedo nos embargó hasta el tuétano, de tal modo que no podíamos mover ni una pestaña, mi amigo me culpaba del hecho.

- ¿Lo ves?. – Me dijo. - Si no llegas a hablar de esas cosas, pero. ¿Has oído eso? 

Y fue entonces cuando una luz blanca y cegadora nos cubrió por entero. Hernando se quedó completamente bloqueado, con los ojos totalmente abiertos, seguidamente comenzó a tener fuertes convulsiones. Cuando quise hacerle reaccionar se desmayó. La luz desapareció. En la lejanía se oían voces del cuerpo de guardia, era media noche, los soldados de refresco reemplazaban a sus compañeros. Alguien desde una garita a tenido que ver algo. Pensé. Fue entonces cuando tome la determinación de mantener aquello en secreto a capa y espada.

Encendí un cigarro y le di una profunda calada. Miré hacia el cielo estrellado, una sensación de alivio recorrió mi ser al comprobar que allí no había nada. Por unos momentos tuve la sensación que había sido efecto de nuestra imaginación debido al cannabis. 

Sin embargo Hernando yacía en la hierba, le tomé el pulso, me pareció normal. Entonces el escalofrío volvió a invadirme, mire hacia arriba, aquella cosa redondeada de color gris estaba allí, las luces se encendieron, mi amigo despertaba y aquel disco estaba situado sobre nuestras cabezas. 

Aquel aparato o lo que fuera desapareció de una forma inexplicable, es como si se lo hubiera tragado el viento silenciosamente, solo que volvió a repetirse la explosión comprimida. No pude observar nada más, de pronto escuché algunos ladridos, el teniente de la guardia, venía hacia nosotros acompañado de varios soldados y dos perros de raza pastor alemán. 

- ¡Alto! ¡No se muevan! ¡Al suelo! ¡Las manos sobre la nuca! Gritó enérgicamente el teniente Vázquez, mientras nos apuntaba con su enorme linterna y su otra mano rozando la funda de su pistola reglamentaria. 

Hice caso y me tiré al suelo dejando que todo siguiera su curso, los perros me olisqueaban constantemente, el teniente volvió a dirigirme la palabra cuando comprobó que íbamos desarmados.

- Esta bien, levántese. Dígame, puede explicarme que “coño” están haciendo aquí.

Hernando intervino en la conversación intentando arreglar un poco la delicada situación:

- Ha sido culpa mía, teniente. Me mareé y le pedí a mi compañero de camareta que me acompañara a tomar el aire.

−  Seguro que estabais “mariposeando”. 
Añadió el teniente en tono jocoso, sus acompañantes soltaron una carcajada al unísono...

Aquella noche no pude conciliar el sueño. Mi amigo roncaba de una forma muy natural como si nada hubiese sucedido. Miré a través de la ventana que había junto a mi litera, la noche seguía apacible, la compañía dormía; ronquidos, olores varios, pedos y regodeos, lo cierto, una situación nada romántica, aunque nueva e interesante para un escritor de veinte años. 

Me incorporé y decidí aventurarme nuevamente yo sólo al bosque, al lugar de los hechos. Mi compañero seguía roncando y no tenía la menor intención de despertarle. Serían las tres de la mañana, llegué al sitio, no sin antes, evitar a los guardias y celadores nocturnos. 

Encendí otro cigarrillo, miré hacia arriba, pero nada. Estaba claro que mi ser ansiaba volver a tener algún contacto con aquellos posibles seres. Pensé que no debía haber arriesgado tanto. Entonces ocurrió. Había terminado de apurar mi cigarrillo me levanté de la piedra donde permanecí sentado un extraño objeto tirado en la hierba despertó mi curiosidad. 

Será alguna cosa que el viento habrá arrastrado hasta aquí, me dije, pero, ¿qué viento? Me acerqué paulatinamente, cuando hube recorrido la distancia entre aquel objeto y yo, me agaché y palpé con mis manos, era algo grueso y compacto, tenía forma cuadrada, ignoro del material que estaba hecho aquel artilugio, estoy seguro que nunca había visto nada parecido. La caja, como yo la bauticé, era inescrutable, no había ni el menor indicio ni posibilidad, de poder abrirla, al menos eso me pareció aquella oscura noche, era tangible que contenía algo en su interior. No me atreví a llevármela a la compañía, fue el momento de la noche más inquieto. Escondí “aquello”, entre una zarza próxima, luego regresé sin ser visto.

Los duros entrenamientos del periodo de instrucción acabaron por dejarme molido aquel 16 de Julio día de la Virgen del Carmen patrona de los marineros. Así que como era verano había toque de siesta a eso de las tres de la tarde. Como no tenía nada mejor que hacer me tumbé en mi litera, pensé volver al lugar de la noche anterior a plena luz del día era correr el riesgo de ser visto, un montón de ideas empezaron a rondar por mi cabeza. ¿Y si fue una alucinación? ¿Y mi compañero? Desde la noche anterior nadie lo había vuelto a ver, ¿dónde habría ido?. Llegué a la conclusión que después del incidente nocturno los mandos creyeron que éramos homosexuales y lo habrían cambiado de compañía, pronto quedé dormido.

A las siete de la tarde de aquel 16 de Julio toda la compañía formó en el exterior, vestidos de paseo, todos, a excepción de los que no deseaban salir fuera del recinto. Yo no me vestí de paseo. Decidí quedarme en mi camareta limpiando mis flamantes botas militares. En un pan vertí una lata de calamares en salsa americana, le di un sorbo a mi cerveza fría, fumé mientras oía los cuarenta principales. 

Discurría para mí sobre el extraño suceso que me aconteció la noche anterior. Tal vez el cannabis pudo ser el culpable de aquella visión, si es que podía llamarlo de aquella manera, pero era imposible, yo sabía que aquel suceso había sido veraz.

La noche llegó con sus sonidos inconfundibles. El corneta de la guardia, tocó silencio con toda solemnidad, yo, aguardaba el momento de poder marcharme por las ventanas de las letrinas.

Los celadores se pusieron a charlar sobre el estado de la comida de la cantina, eran las tres de la mañana. Tomé prestada sin permiso una linterna y me dispuse a encontrar aquella extraña caja, que la noche anterior, dejé camuflada tras unos matorrales.

Conseguí no sin esfuerzo llegar al sitio. Extraje un pitillo de mi cajetilla y lo encendí con avidez, la noche era cerrada pero magnífica para la contemplación. Decidí terminar mi cigarro, antes de dirigirme a la zarza que debía ocultar aquel objeto y sentado en la misma piedra del día antes, empecé a pensar, si sería conveniente para mi integridad, regresar al barracón con aquella extraña caja. Los inconvenientes, superaban en gran número a las posibles ventajas, que aquel descubrimiento podía acarrearme, sinceramente, no sé porqué tome la decisión de aventurarme a llevármela, pero así lo hice.

El objeto en cuestión, pesaría unos cinco kilos, todavía puedo recordar la sensación que me producía al tacto. Aceleré el paso, algunas gotas de sudor, comenzaban a “poblar” mi rostro, me la estaba jugando. Por un instante pensé que aquel objeto bien pudiera ser una bomba y yo simplemente iba a ser el correo encargado de entregarla. Respiré profundamente. Miré hacia el cielo, necesitaba saber algo más...

Conseguí llegar sano y salvo a mi taquilla. Guardé aquello en una gruesa bolsa de plástico y lo introduje en mi petate vacío que reposaba en el fondo de mi casillero. Aquí estará a salvo. Discerní. 

El resto de la noche me la pasé mirando a mi taquilla. La tentación era grande aunque si me cogían con aquello podía pasarme los próximos tres años en un castillo prisión, que es donde llevaban a los enemigos de la patria. Lo peor ocurría días después... 
Continuará... 

FIN DEL EXTRACTO... 

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